La otra crisis de los años veinte

Autor: David Chávez Salazar

Cuando pensamos en los años veinte se nos vienen a la mente imágenes relacionadas con la prosperidad, la sofisticación y el buen gusto. Es lógico, pues esta fue una época en la que el mundo occidental experimentó grandes cambios sociales y culturales.

En Estados Unidos, las ciudades comenzaron a transformarse en áreas metropolitanas, la producción en masa llevó a los hogares de clase media muchos bienes que hasta el momento sólo podían ser disfrutados por los más ricos. En lo cultural, destaca la irrupción de movimientos arquitectónicos como el art deco, el surgimiento de escritores como Ernest Hemingway, Ezra Pound y John Dos Passos y el apogeo de la Era del Jazz. No en vano a este periodo se le conoce como “los felices años veinte”, felicidad que acabó en 1929 con el advenimiento de la Gran Depresión, una de las crisis económicas más largas de la historia.

No obstante, en los años veinte hubo otra crisis, la de 1920-1921, que aunque de menor duración e impacto que su par del `29, ha sido poco estudiada por los historiadores y economistas.

¿Cómo fue la crisis de 1920?

Se trató de una recesión deflacionaria que afectó a Estados Unidos y otros catorce países, desde enero de 1920 a julio de 1921. Además de la caída en el nivel de precios, se caracterizó también por el aumento del desempleo.

El analista financiero James Grant se ha dedicado a estudiar este fenómeno, analizando el comportamiento de la actividad económica antes y durante la recesión, usando los métodos de medición que se usaban en aquella época. Su análisis muestra que fue una depresión global que llegó a afectar a las antiguas Potencias Aliadas (los ganadores de la Primera Guerra Mundial) en Europa. En Estados Unidos produjo una caída de la producción real en un 9%, el desempleo subió hasta el 19% y el nivel de precios cayó hasta en un 18%.

Causas

La causa principal de la depresión de 1920-21 fue monetaria. Con el estallido de la Primera Guerra Mundial en 1914, los inversionistas europeos comenzaron a enviar su oro a América (recordemos que en aquella época aún regía el patrón oro clásico). Esto generó un aumento en la oferta monetaria, lo que conllevó a un aumento en el nivel de precios.

Durante la guerra, la devastada Europa dependía cada vez más de las mercancías estadounidenses, principalmente alimentos y armas, lo que intensificó la producción industrial. En 1915, el presidente Woodrow Wilson declara la entrada oficial de Estados Unidos al conflicto, suceso que generó la ruptura de la tradición aislacionista del país y una expansión crediticia orientada a la financiación del esfuerzo bélico.

Esta observación nos indica que entre 1914 y 1920, Estados Unidos vivía un escenario de auge con inflación. Preocupada por este último punto, la joven Reserva Federal (fundada en 1913) tomó la decisión de aumentar las tasas interés reales por encima del 15% con el fin de provocar una caída en los precios. Esto, efectivamente, se cumplió y es así como obtenemos el primer elemento de la depresión de 1920-21: deflación.

Las altas tasas de interés desestimularon la inversión, por lo que la producción industrial cayó. Por otro lado, los soldados norteamericanos que combatieron en la Gran Guerra regresaron a casa y la mayoría de ellos no pudo incorporarse a la fuerza laboral civil. Es así como obtenemos el segundo elemento de la crisis: desempleo.

El final

El factor que explica la recuperación es la inacción del gobierno. La existencia del patrón oro y la idea decimonónica de mantener el gasto y los impuestos bajos ocasionaron que la joven Reserva Federal (fundada en 1913) pasara meses preguntándose qué hacer para corregir la deflación sin manipular las tasas de interés por temor a generar una catástrofe. Por el lado fiscal, el presidente la época, Warren Harding, impulso un programa de austeridad. Sólo en 1921 se generó un estímulo al empleo, mediante el gasto en infraestructura. Sin embargo, para ese momento la crisis ya había pasado.

A finales de 1921 los signos de la recuperación se hicieron visibles. Ese año el desempleo alcanzó el 11,7%, para el año siguiente, 1922, llegó al 6,7%y para 1923 apenas alcanzó el 2,4%. Por su parte, los precios también comenzaron a estabilizarse.

A diferencia de lo que ocurrió en la Depresión de 1929, en esta recesión el mecanismo de precios actúo con mayor libertad. Cuando la Reserva Federal aumentó las tasas de interés en 1920, el sistema de precios se adaptó a la nueva situación. Por otra parte, la austeridad fiscal y la poca intervención del Estado en la economía condujeron a la recuperación del sector privado.

Si en aquella época se hubiese seguido la receta keynesiana de ejecución de presupuestos desequilibrados, aumento del gasto y manipulación de la oferta monetaria, muy posiblemente la recesión se hubiese extendido por toda la década y el crac del ´29 habría significado un golpe mortal para la economía norteamericana.

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